Forman un excelente equipo con nuestro pensamiento a la hora de tomar decisiones, como vimos en el artículo anterior.
Todas las emociones, más allá de que sean gratas o no al sentirlas, son positivas en el sentido de que trabajan a nuestro favor.
Algunas de nuestras emociones pasan a ser tóxicas cuando no cumplen su función, ya sea que ignora para qué sirve o la anestesia, no reconoce que la siente (generalmente por experiencias pasadas, por creencias, etc), pagando un precio por ello, por ejemplo somatizando, nos enfermamos. Ya sabemos por numerosas investigaciones la intrínseca relación que hay entre las emociones y nuestro cuerpo. En definitiva, se ve afectada nuestra calidad de vida.
Les recuerdo las funciones de las emociones primarias, las de supervivencia:
- Afecto, nos conecta con el mundo
- Miedo, nos señala que nos faltan herramientas para la situación específica que nos lo detona
- Enojo, nos ayuda a poner límites
- Tristeza, indica la necesidad de aislarnos del afuera para un recogimiento
- Alegría, nos conecta con la vitalidad.
Pongamos dos ejemplos de emociones tóxicas:
Enojo tóxico: se refiere a la dificultad de poner límites, silenciar los mismos. Esto suele pasar por miedo a la pérdida de los vínculos, a una constante evitación de conflictos, con lo cual el enojo se va "tragando", guardando adentro, siendo una de las fuentes más frecuentes de somatizaciones (variando su graduación según el tiempo que se lleve silenciando los enojos).
A veces el enojo está anestesiado, con lo cual la persona no lo silencia por los motivos anteriores, sino que realmente no lo siente, no registra esta emoción, pues ha aprendido en algún momento a transformarla en otra (usualmente la cambia por tristeza). Con todo ello, la dificultad en poner límites es grande, a todos los niveles de las relaciones (cuanto más cercano, más difícil).
Otra forma de enojo tóxico es el desborde, la explosión. Ignora cómo encontrar la manera de resolver la situación que enoja sin hacer da;o a la otra persona o así mismo.

Mas cuando no tenemos todo esto en cuenta, la exigencia no nos toma en cuenta a nosotros como personas (funciona cual mandato interno), pasando a ser una exigencia que nos maltrata, que nos genera insatisfacción y buena dosis de auto-reproche: siempre falta algo, siempre puede ser mejor.
En frecuentes ocasiones es tan alta esta exigencia que paraliza a la persona, pues da por hecho con anticipación su propio fracaso; entonces, ¿para qué intentarlo?
Otras veces nos torna rígidos, duros, y nos impide ver nuevas posibilidades.
Escuchar nuestras emociones, darnos tiempo a nosotros mismos para reconocer qué nos está pasando y qué estamos sintiendo, nos suma y actuamos en concordancia para sostener o aumentar nuestra calidad de vida.
Si queremos aumentar las "agradables", recordemos que hay muchas maneras de segregar los neurotransmisores ( endorfinas, serotonina, dopamina) que activan estas emociones, llamadas usualmente positivas, y alimentan nuestra actitud: actividad física, relajación, bailar, ...
¡Lo mejor para tí!
Dra. Aida Bello Canto
Psicología y Gestalt
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